La aplastante, y por lo demás previsible, victoria electoral de doña Ayuso revela que los madrileños están encantados de haberse conocido. Los datos económicos de la comunidad son malos y los sanitarios peores, para no mencionar la desestructuración social que significa la desigualdad rampante, pero han descubierto el orgullo de tomarse una cañita en una terraza bajo el límpido cielo de la capital.
Balas para todos
Ya sea por emulación, réplica, contagio, estrés o meras ganas de participar en esta competición macabra, el envío de amenazas de muerte a candidatos electorales, y otros, como el ex presidente Zapatero, se ha convertido en un síntoma inquietante del estado de ánimo de la sociedad.
El candil se apaga
El fantasma del centro dice oponerse a otro fantasma: la polarización. La sociedad no está polarizada, acaso desasosegada, inquieta, desesperanzada, porque todas las noticias que afectan al bienestar social son malas entre la niebla del coronavirus. Los despidos masivos en la banca, por ejemplo, que han descolocado al mismísimo gobierno al que sus adversarios llaman social-comunista.
La humildad como clase social
Pablo Iglesias se ha atribuido el papel de tribuno de la plebe y, en alguna medida, el empeño funciona, según las encuestas. En todo caso, esta confusión semántica indica lo mucho que ha retrocedido la izquierda, hasta el punto de tener que ayudarse del lenguaje de Pablito.
Voluntad y representación
El espectador se ve inevitablemente asaltado por una disonancia cognitiva cuando asiste a las andanzas e industrias de don Pablo Iglesias Turrión. La disonancia se establece entre lo que el líder podemita representa y lo que es.