La novedad doctrinal que ha introducido don Putin con la invasión de Ucrania es doble: de una parte, ha ignorado el derecho internacional, trabajosamente construido desde el final de la segunda guerra mundial, y de otra, proclama un supremacismo ruso intolerable para sus víctimas.
Divagaciones frente a un tanque
Putin pertenece a la clase de jefe más peligrosa que pueda imaginarse: aquel que se cree llamado a dejar una huella histórica cuando la historia no es más que una procesión de ocurrencias de significado mutante.
La guerra de nuestros nietos
En nuestro imaginario no hay sitio para personajes como Putin, taimado, ambicioso, mendaz, que sienten un desprecio absoluto hacia las vidas de los demás. Putin es un príncipe renacentista, que asesina a sus adversarios con veneno, como un Borgia, y tiene una idea del mundo más cercana a la de Iván el Terrible que a cualquier líder occidental actual, en los que no ve más que corrupción y debilidad.
La guerra por el derecho a la risa
Putin ha justificado la invasión de las regiones orientales de Ucrania con argumentos de pretensiones morales, en los que Rusia se presenta como guardián de la civilización oriental para frenar a los modelos europeos que no tienen nada que ver con la historia y a los que, al parecer, se ha entregado Ucrania.
La ‘guerra híbrida’ no es lo que parece
Guerra híbrida es un significante vacío de nuevo cuño aparecido en la jerga política internacional para designar los tira y afloja que mantiene occidente con el siempre remoto oriente ruso.