Arabia Saudí es una riquísima tiranía teocrática, culturalmente cercana a lo que aquí llamamos con una mezcla de displicencia y espanto la edad media, exportadora de petróleo e ideología. El petróleo le otorga la condición de centro económico de referencia y la ideología la erige en guía espiritual del turbulento islamismo suní extendido por todo el planeta. Ahora también quiere ser una potencia militar en el momento en que parece que el epicentro del caos planetario se desplaza a oriente medio. Para ser una potencia militar necesita armas para aterrorizar y someter a sus vecinos y hacerse valer en el (des)concierto internacional, y las armas se las venden los países occidentales que necesitan el petróleo para, entre otras cosas, fabricar más armas. Es el viejo esquema funcional del colonialismo –materias primas por manufacturas- que ha revertido las relaciones del poder. Ahora, los dependientes son los países europeos, antes colonizadores. España hace muchos y buenos negocios con Arabia Saudí -en buena medida gracias al tenaz trabajo de comisionista del rey emérito, cuya naturaleza y dimensiones no conoceremos nunca si del gobierno depende- y estos negocios incluyen la venta de armas que, por lo que se dice, se utilizan contra la población civil del Yemen. Es una obviedad; desde la segunda guerra mundial la población civil es el principal objetivo de todas las guerras, y los españoles deberíamos saberlo bien porque inauguramos el ciclo histórico en Gernika.
Este jeroglífico ha dejado perpleja a la izquierda, caracterizada a menudo por su ensimismamiento y candor, y ha dado lugar al enésimo renuncio del gobierno de don Sánchez, que cumple cien días de tanteos y renuncios. Cañones o mantequilla, el viejo dilema excluyente de Paul Samuelson, que estudiábamos en la clase de economía de la escuela de comercio en la calle Navarrería, se ha convertido en una integral: sin cañones (o bombas y corbetas con cañones) no hay mantequilla. Que se lo pregunten al alcalde de Cádiz para quien el bienestar de sus convecinos está directamente asociado al malestar de los vecinos yemeníes, un poco más lejanos en esta finca común a la que llamamos mundo. El episodio de las bombas y las corbetas ha sacudido el polvo del idealismo a las relaciones internacionales y para podemos ha significado que ya nadie le podrá acusar de estar al servicio de Irán, como repetían las carracas del pepé cuando se les acababan los argumentos, que era pronto. Poco a poco y a tientas las naciones se van alineando para la próxima guerra mundial, que por ahora nadie sabe qué geografía tendrá.