La realidad y la ficción tienen relaciones cordiales, normalmente. Una suplanta a la otra cuando es menester, como hermanas gemelas y cómplices, y salvo alguna disonancia circunstancial, se necesitan una a la otra. No podríamos soportar la realidad sin el recurso a la ficción y esta última no tendría sentido sin los nutrientes de la realidad. Érase una vez en un reino muy lejano significa para lector y el espectador aquí y ahora mismo, y fueron felices y comieron perdices quiere decir que la vida sigue tan plácida y acomodaticia como siempre cuando se ha acabado el cuento. Pero este idilio entre los dos planos de la conciencia que tan bien conviven de ordinario, sufre en ocasiones sacudidas tremendas que ponen en cuestión sus fundamentos de matrimonio bien avenido y arrasan con la existencia de ambos.
Es lo que ha ocurrido estos días, y por culpa de la maldita hacienda. Investigan una cuenta fantasma del rey emérito con cien millones venidos en una alfombra voladora desde el mágico oriente y piden veintiocho años de cárcel por fraude fiscal para los protagonistas y productores de la serie televisiva Cuéntame cómo pasó. Es imposible imaginar un fin de época y de su espejo televisivo más pertinente. Cuéntame es un culebrón prolijo e inacabable que, como el Quijote de Pierre Menard o los mapas desmesurados que suplantan el territorio en los relatos de Borges (*), quiere ser una crónica del buen pueblo en el llamado régimen del 78, una historia edificante que en la ficción protagonizan Imanol Arias y Ana Duato, y en la realidad protagonizó don Juan Carlos I. Ahora los tres están en danza con la justicia por mangantes al erario público. Los tres se hicieron ricos en el mismo periodo de tiempo y en el ejercicio de su oficio burlando las leyes que pretendían representar. No son los únicos miembros de este populoso club pero sí los más representativos, cada uno en su quehacer.
La serie Cuéntame y la monarquía son el cuento de nunca acabar y es inevitable que estén impregnados de corrupción hasta las cachas para que resulten verosímiles en este país en que la corrupción de las elites es la única constante reconocible desde que hace siglo y medio decidimos ser demócratas y nuestros bisabuelos hicieron la primera restauración monárquica, como describe Paul Preston en El pueblo traicionado. Así que no me lo cuentes, ya sé el final.
(*) Los cuentos mencionados de Jorge Luis Borges son Pierre Menard, autor del Quijote y Del rigor en la ciencia.