La relectura tiene una fama equívoca. Algunos pomposos la pregonan como el colmo de la exquisitez lectora, el signo de distinción de los lectores que merecen llamarse tales, pero lo cierto es que el lector y el relector, aunque habiten el mismo cuerpo y posean el mismo carné de identidad, son personas distintas, separadas por las innumerables mutaciones que impone la existencia en el gusto, el conocimiento, la atención y demás ingredientes necesarios en la operación de leer. La relectura también puede ser fruto de un error de partida. Esto le ha ocurrido al setentón cuando en días pasados abordó El revés de la trama, de Graham Greene, que no recordaba haber leído y donde esperaba encontrar los delicados placeres que le dispensó en el pasado este hipnótico narrador. De inmediato, reconoció el estilo, el escenario, los personajes y los trucos narrativos del autor, pero un detalle cualquiera, páginas más adelante, le indicó que ya había leído la novela, probablemente en la misma época en que leyó las demás de este autor, hace cuarenta años. En ese momento, entre Greene y el lector se interpuso un tercer agente: la historia, la corriente que nos arrastra a todos.
Lo que se cuenta en la novela son las cuitas de un jefe de policía británico destinado en un remoto puerto de las colonias africanas –el escenario típico del autor- durante la segunda guerra mundial. El tipo, un tal Scobie, honrado y compasivo según el reconocimiento unánime del entorno donde ejerce su función, se ve enredado entre el deber de fidelidad a su esposa y la repentina pasión por una joven que ha sido rescatada en el mar tras el hundimiento del barco en que viajaba, atacado por un submarino alemán. La novela pertenece a la primera época del autor, como El poder y la gloria y El final del affaire, en la que las disquisiciones de conciencia que el católico Greene aplica a sus personajes constituyen una parte esencial de la trama. Para satisfacer sus planes, Scobie acepta un préstamo de un tal Yusef, un cacique de los bajos fondos que controla el comercio ilegal del puerto y que, en contrapartida, enreda al jefe de policía en el tráfico de diamantes. Y aquí es donde la historia real irrumpió en el diálogo imaginario entre el lector y el difunto Greene.
Yusef es sirio, es decir árabe, y la donación al policía se hace para propósitos inconfesables del sobornado. Carajo, igual que la pasta que recibe nuestro rey emérito de sus primos saudíes. Para que no falte ninguna analogía con la realidad, en la novela también es degollado un criado indígena llamado Alí que sabía demasiado (como el periodista Khashoggi, de nuestra crónica de sucesos) y Scobie se apresura a exculpar del crimen a Yusef. Abierta la espita de la interpretación histórica, tenemos en la novela un alto representante del orden y la legalidad, que se deja sobornar para sus fines particulares, que tiene una esposa que representa el orden familiar y social y de la que está alejado pero no separado, y una amante que exige el reconocimiento de sus derechos, y todos son católicos de misa, comunión y besamanos al cura, el cual también sabe por confesión lo que hay bajo ese piélago de hipocresía, que el título de la novela llama el revés de la trama. Si el lector amplía el foco, habrá de admirar el relato que Greene hace de la simbiosis entre hipocresía y religión católica, un barrizal en el que el país de este lector septuagenario está enfangado hasta las trancas. Al final, Scobie, aplastado por una crisis de conciencia que le lleva a creer que está condenado al infierno sin remedio, se suicida. El lector se pregunta cuántos monárquicos de convicción o de oportunidad no estarán deseando en este momento el mismo final para la película en la que somos figurantes.
P.S. Va a resultar que no siempre es inútil la relectura, de las novelas y de los hechos.