En el intercambio de señales registrado hoy entre el gobierno central y la generalitat catalana, tanto en los despachos como en la calle, ha llamado la atención a este observador la reiteración de una consigna en las pancartas de los manifestantes: tombem el règim del 78. Nada de abruptas demandas de independencia u otras requisitorias utópicas, sino algo tan natural y esperado como el cambio de las estaciones o el año nuevo. El llamado régimen del 78 está al borde de la tumba aunque solo sea porque el factor determinante de la situación política española es el cambio generacional. Lo que los manifestantes catalanes quieren, como millones de menores de cuarenta años en todo el país, es matar al padre y, en ese sentido, no debe extrañar que la iniciativa de don Sánchez de dar el nombre de Josep Tarradellas al aeropuerto de El Prat haya sido acogida con indiferencia cuando no con irritación por los destinatarios del mensaje. Quieren matar al padre y el gobierno entroniza al abuelo. Hoy hemos visto a Pedro Sánchez investido de Adolfo Suárez, que, por cierto, es también el nombre del aeropuerto de Madrid, así que tal vez al puente aéreo terminen llamándole el puente de la II Transición.
El presidente del gobierno tiene cualidades suarezescas: la apostura, la tenacidad y una sobrada convicción de su propio valor. También, como Suárez entonces, Sánchez es un representante renovador del antiguo régimen, que parece guiarse más por su instinto que por sus convicciones, y, como su modelo histórico, se mueve con ambición y cautela, que no excluye la aceptación del riesgo, cuando existe. Sin duda, el primer y más obvio modelo de Sánchez fue Felipe González pero cada día tiene su afán y, si sale vivo de esta (Suárez no lo consiguió), el felipismo vendrá después.
El autogobierno de Cataluña estuvo en primer término de la agenda de Suárez hace cuatro décadas como prerrequisito de la democracia española, del mismo modo que lo está ahora para Sánchez, cuando es evidente la necesidad de un cambio constitucional en el país. Por lo demás, el secesionismo catalán, que podría ser la espoleta que activara este cambio, empieza a parecer una olla de grillos. La línea de fricción no ha sido hoy entre sedicentes constitucionalistas y sedicentes independentistas sino entre los sesentayochistas de este tiempo y los mossos d’esquadra, entre la revuelta y la institución. El griterío de la triple derecha venía desde las gradas del estadio. Los naranjitos de don Rivera, que son la primera fuerza parlamentaria en Cataluña, aunque parecen resueltos a olvidarlo en aras a un futuro más esplendoroso, deberían pensar si la carrera por el voto facha en la que están empeñados con el pepé desde la aparición de los voxianos no les está haciendo perder una oportunidad de oro. Y a modo de ilustración de esta perorata, he aquí un diálogo, llamémosle así, registrado en vídeo entre un manifestante y un mosso en lo más álgido del enfrentamiento:
Manifestante: ¿No eres catalán como yo?
Mosso: Sí.
Manifestante: Pues defiéndeme a mí y no a esos hijos de puta. Yo defiendo la república.
Mosso: ¿Qué república ni qué cojones? La república no existe, idiota.